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20120304

¡Hola!
Estos días he estado recuperando cosas, creando otras nuevas. Sí, al fin me decidí a dibujar algo, y he de decir que estoy bastante orgullosa con lo que conseguí, pero aún me falta mejorar muchísimo (y me faltan ganas, la verdad).
También he comprado The fault in our stars de John Green en Amazon, y no puedo esperar a que llegue, ahhh.

20111210

-Yo... yo confío en él.
-¿De verdad? –Ceniza sonríe pero sus ojos son duros como la roca.
-Sí. Sí. Sí, joder.
-Imposible, cariño. Porque el Turco no es de los que luchan. En realidad ninguno lo es. Ya no quedan héroes. Él grita si le dices que grite. Salta si le dices que salte. Sangra si le dices que sangre. Pero no se quedará a salvarte la vida si se lo pides con lágrimas en esos ojos que tienes y la voz rota de tanto gritar. Se irá, porque es así. Porque él solo hace lo que le han enseñado, se sabe la teoría pero no la práctica. Le han enseñado a cargar una ametralladora, sabe como manejar un puñal...
-... Pero no entiende lo que significa arder por alguien, ¿es eso? –ella sonríe.
-Es eso, cariño.
-Entonces, Ceniza, entonces le alcanzaré. Me tragaré las lágrimas y la voz y me levantaré aunque tenga agujeros de bala en los brazos y en las piernas, aunque las costillas se me quiebren y aunque esos cabrones Conquistadores me hayan maldecido mil veces.

Y, cuando lleguen, ya nos habremos ido.

-Eh. Ésta es mía.

Evan la cogió por el pelo, salvaje, tormenta. Era una miserable más. De las que gritan. Y luego lloran. Nada que valiese la pena. Tenía las manos atadas. Evan caminó hasta la colina y la dejó caer ahí, al suelo seco.

-Morirás mañana. Con los demás. Hasta ese momento, eres mi prisionera. Yo decido, ¿vale? –dijo sin mirarla, normalmente, a las chicas no les solía gustar que las observaran mientras se desmoronaban.

Sí, Evan, pero yo soy Buria, y Buria no pega con normalmente.

-Oye –ella le miró, y tenía un ojo de trueno y otro de relámpago, y de los labios saltaban chispas-. Yo vuelo sin alas y sin aire. Cabrón. Soy tormenta de verano y sol de invierno. Yo soy Buria. Y puedes decidir lo que te dé la gana, pero no me cuentes cuándo voy a morir.

Y dime... ¿cómo no le regalaba la vida ahí mismo?

conquistadores

El Capitán es nuestro oasis en el desierto, nuestro Clavo Ardiendo. Nos enseña a luchar sin perder el orgullo y algo más, el corazón, y nos grita que nosotros podemos hacer que los relojes vayan al revés si lo deseamos.

-¿Os parece feo? ¿Os parece horrible? –brama desde arriba del montón de piedras de cemento, haciendo amplio gesto con la mano que abarca todo el pequeño desierto gris que es el horizonte-. ¡Pues puede ser jodidamente peor! Así que guardaos las estupideces para cuando todo esto se acabe, pero ahora... ¡ahora toca echar a esos malditos! ¡Nadie conquista nuestras tierras, Lobos! Probablemente pensaréis que yo tengo experiencia, o que soy más inteligente, lo cual es verdad, pero... La experiencia no existe, Lobos. La experiencia es la acumulación de los errores. Y aquí no hay de eso. No soy un modelo a seguir. ¡Soy vuestra maldita conciencia! ¡Defended vuestros corazones!

Allá vamos.
Lobos.

-Abril me gusta.
-¿Abril? –arquea una ceja.
El otro se encoge de hombros y una sonrisa de esas de las suyas, con carga explosiva, le flaquea en los labios.
-Ya sabes, la de la 61. La del pelo del color del chocolate negro –añade con ligereza, posando la mirada en las botas de su compañero.
-Sé quién es, pero, quiero decir... ¿Abril? Te odia –dice sin rodeos. Clava los ojos en el rostro pálido de su compañero. Ceniza enseña los colmillos.
-Lo sé, maldita sea, lo sé. Lo veo cada día. Me lo dicen sus ojos cuando la miro y me lo grita su sonrisa condescendiente.
-Y no parece que te disguste demasiado.
-La verdad es que me encanta. El odio es mejor que el amor, porque amor no hay suficiente y tampoco hay muchas personas a quien dárselo. En cambio puedes odiar a quien quieras –se levanta-. Y me parece que voy a luchar.
-Dijiste que no lo harías –observa el Turco, jugueteando con una pequeña piedra.
-Pero, joder, por ella lucho aunque el Sol se caiga de donde sea que está colgado.




-No se lo digas a nadie, pero Abril sabe tocar la guitarra –le susurra Siempreviva mientras limpian los fusiles.
El Turco sonríe.
-¿Es un secreto?
-Sí.
-Vale.