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20120128

Sigrid se coló en mi casa, en mi cama, en mi vida. Sin permiso ni carta de presentación. Pronto, llenó mi habitación con su olor. Me despertaba metiendo sus manos frías bajo mi camiseta, y era inútil enfadarse con ella, porque acababa besándome con sus labios rojos, y, oh, qué labios.

Y pasábamos la noche despiertos, yo dibujando sus piernas y ella mirándome, devorándome.

A veces me sentía pequeño, muy pequeño, como si ella fuera una diosa y yo una mota de polvo que había tenido la suerte de aterrizar en su hombro.

Sigrid escribía poesía. Un día cogió un rotulador y se sentó en el suelo, y escribió las palabras que más le gustaban, otras que odiaba y después me escribió a mí.

-Así te piso cuando entro en la habitación -dijo, y yo no supe qué decir. Vamos, seamos sinceros, nunca supe qué decir.

-Vamos, Den, dime algo que nunca pueda olvidar.

Sonreía tanto que me puse a pensar en serio.

-Es a ti a quien se le dan bien estas cosas. Ya sabes, tú eres la poeta aquí.

Hizo un ademán condescendiente y me miró fijamente. Tragué saliva; ella esperaba.

-Ojalá pudiera explicarte.

-¿Explicarme?

-Haces tanto, dices tanto, sientes tanto... A veces tengo la sensación de que estás tan llena de ti que no hay espacio para lo que yo vaya a decir, así que tampoco es que vaya a molestarme en hacer algo así. Seguro que lo olvidas de todas formas -sonreí-. Creo que te odio un poco por eso, Sigrid.

Rió como un hada; terrible, perfecta.

-Me has explicado perfectamente. Y, de verdad, no me voy a romper -ladeó la cabeza, chispeante-. Tampoco soy especial. No voy a olvidar esto.

Me encogí de hombros.

Susurró:

-Así que me odias, ¿eh? Eso está bien, Den. Muy bien.

La noche en que por fin fuiste mía.

Eran las once, o las doce; estaba borracho, o quizá no. Lo único que recuerdo eran las llaves escurriéndose entre mis dedos húmedos y la suave luz del porche y tus dedos bajando por mi espalda.

La puerta se abrió con un chasquido, y desapareciste por el pasillo, hacia mi cama, dejándome temblando y expectante.

Me esperabas sentada, la espalda descubierta y el pelo revuelto. Tus ojos chispeaban en la oscuridad, y me besaste el cuello y la mandíbula. De pronto, tu vestido ya no estaba.

Apagaste la luz porque "no me hace falta verte para hacerte el amor. Siento cada centímetro de tu piel en mis dedos."

Palabras textuales.

Just because I'm losing doesn't mean I'm lost


Ya sabes lo que dicen, guapa. Los desastres nunca llaman a la puerta.

Supongo que también influyó lo de que no tengo timbre y eso. Lo sé, lo sé; tampoco fue tu culpa que estuviera nevando, o que la valla de mi jardín -si es que se le puede llamar así- la pueda saltar hasta un manco en silla de ruedas, o que mi fuerza de voluntad sea casi nula. Nada es tu culpa, nunca, bajo ninguna circunstancia, ¿no es así?

Rompiste unas cuantas cosas, entre ellas una ventana y un par de cortinas, pero no te lo tendré en cuenta. No, no lo haré, porque tu sonrisa al caer entre los cristales valía mucho más que todo eso. Clavaste tus ojos oscuros en mí con esa mirada de tengo-todo-el-derecho-a-estar-aquí y yo no sabía qué hacer, si coger el cuchillo del jamón o decirte "Hola, cariño, te he echado de menos. ¿Te apetece algo? Oh, y no temas por las cortinas, estaban demasiado viejas de todas formas."

Así que opté por la salida fácil, segura. Me senté en el sofá.

Apoyé las manos sobre las rodillas.

Dijiste:

-Me apetecía verte.

Asentí. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Te levantaste. La tela de tu vestido negro hacía un sonido muy agradable cuando te movías, y estabas rodada por un aura de nieve y cristal.

"Estás muy guapa, Sigrid", quise decirte.

-¿Qué haces aquí, Sigrid? -dije.

-Ya te lo he dicho.

Te paseabas por el salón como si fuera tuyo.

Vale, lo era. Pero ahora lo había convertido en mío y, llevando la contraria a tus ojos, quise gritar que no tenías ningún derecho a estar ahí, a parecer un ángel vestido de negro, a decir "Me apetecía verte".

Te quedaste mirando tu propio reflejo en el espejo del pasillo. Parecías un fantasma.

-Sé lo que piensas -susurraste.

-Pienso que esta noche va a hacer un frío de mierda porque me has roto la ventana.

Me agaché para recoger los trozos de vidrio de la alfombra y los amontoné en una suave colina brillante junto al sofá. Después cerré la ventana, ahora inservible ya que solo quedaba el marco de madera. Un soplo de viento helado hizo que los ojos me lloraran, y me los sequé con rabia.

Te sentía detrás de mí.

-Lo siento.

-No pasa nada. La arreglaré mañana.

-No hablo de la ventana.

-Ya.